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Invitación

"Ven, ven quien quiera tu seas, ven
Aún si ya en nada crees, ven

Nuestro camino no es de desesperanza.

Aún si rompes tus promesas mil veces,
Vuelve, vuelve, ven."

(Mevlana Jelaluddin Rumi)

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La Muerte del Ego

Tapa La muerte del ego La palabra "Ego" es de origen griego y quiere decir, con toda simpleza, Yo. Tal Yo es, en el hombre solamente, una sensación de estar vivo, una percepción de sí mismo inmediata, aunque sostenida en el tiempo sin necesidad de atención alguna.
Es decir que automática y misteriosamente aparece y se da continuidad. Esa sensación de "Yo aquí, ahora mismo" no requiere de explicaciones, es incuestionable y otorga seguridad existencial, permanencia de estar, identidad, corporeidad y, por sobre toda otra cuestión, sentido ininterrumpido de vida.
Sin Yo no hay hombre; la presencia misma de su Ego es la indiscutible y firme prueba de que esta allí, sintiéndose un ente vivo.

Perder el Yo es apagarse, morir. Es más, cunando el Ego no se reconoce a sí mismo por alguna circunstancia fortuita, o sea cuando deja de tener percepción de sí mismo tal como está habituado a hacerlo, se produce una perturbación, un desequilibrio psicológico que conmueve al ser, causándole profundas crisis de identidad que, de persistir, pueden conducir al desquiciamiento de su cordura.
Hay un modo de darle muerte al Ego sin perder ni la cordura ni la vida. Hombres sabios de todos los tiempos descubrieron y transmitieron ese secreto. En este libro se aborda ese conocimiento fundamental y se dan las claves de las fuentes donde se encuentra, aún intacta, su operatividad.

El estado de situación

La palabra “Ego” es de origen griego y quiere decir, con toda simpleza, Yo.
Tal Yo es, en el hombre solamente, una sensación de estar vivo, una percepción de sí mismo inmediata, aunque sostenida en el tiempo sin necesidad de atención alguna.
Es decir que automática y misteriosamente aparece y se da continuidad. Esa sensación de “Yo aquí, ahora mismo” no requiere de explicaciones, es incuestionable y otorga seguridad existencial, permanencia de estar, identidad, corporeidad y, por sobre toda otra cuestión, sentido ininterrumpido de vida.
Sin Yo no hay hombre; la presencia misma de su Ego es la indiscutible y firme prueba de que esta allí, sintiéndose un ente vivo.
Perder el Yo es apagarse, morir. Es más, cuando el Ego no se reconoce a sí mismo por alguna circunstancia fortuita, o sea cuando deja de tener percepción de sí mismo tal como está habituado a hacerlo, se produce una perturbación, un desequilibrio psicológico que conmueve al ser, causándole profundas crisis de identidad que, de persistir, pueden conducir al desquiciamiento de su cordura.
No obstante, la muerte, como destino final, acabará destruyendo al Ego, cuya existencia ha sido defendida con tanto empecinamiento; con tanto apego, al punto de no querer perderlo, aun cuando el cuerpo se halle aquejado de la más terrible de las dolencias. Pero llegará la hora en que, inevitablemente, se producirá un derrumbe aparentemente definitivo del mundo de lo conocido. ¿Cómo no temerle a la muerte que es lo absolutamente desconocido? Pues, sin duda alguna, el miedo a morir es el terror ante lo que no se conoce ni se conocerá nunca.
Dijo el Profeta de los musulmanes, Muhammad, “Todos los hombres, mientras viven sobre la tierra, están dormidos. Cuando mueren despiertan. ¡Mueran antes de morir!”. Esta última frase no es un consejo a seguir, se trata de una suerte de orden perentoria; un hiato esencial destinado a alcanzar una finalidad que el Ego no entiende, es más, lo inquieta de tal manera que acaba ocultándoselo a sí mismo.
Es que se le está pidiendo una hazaña impensable, cometer una especie de “Egoicidio” que está más allá de su comprensión y, sobre todo, de sus fuerzas.
¿Si el Yo muere, si se aniquila para dejar de ser tal como se significa desde que tiene conciencia, qué otra cosa puede haber detrás de ese muro? ¿Otro Ego, quizás, del todo distinto al que conocía, que, a su vez, será destruido cuando le llegue, inexorablemente, su momento fatal?
¿Llegada esa instancia, qué es lo que muere? ¿Es la muerte del cerebro la que produce el fin del Ego, así como lo afirma la ciencia pergeñada por los hombres?
Porque, una vez más, ¿de dónde le viene al hombre esa sensación de Yo, esa extraña resonancia de estar vivo? ¿De su aparato encefálico con sus infinitas sinapsis o de una dimensión que está más allá de esa forma gelatinosa repleta de contenidos diversos? A todas luces, según lo afirman las teorías científicas, es el cerebro quien le otorga el Ego a su dueño.
Y sin embargo...
Se le preguntó a un Sheij Sufi en qué consistía su enseñanza. Él dijo “en suprimir lo superfluo”. Y cuando se le inquirió en qué consistía “lo superfluo”, respondió “lo superfluo es tu Ego”. Otro maestro afirmó que el ser humano llega a su más alto estado espiritual cuando alcanza “la nadidad”. Preguntado sobre ella, respondió “cuando te liberes por entero de lo que ahora crees ser, habrás alcanzado la nadidad; y esa falsa creencia está contenida, completa, en tu Ego. Vacíate de tu Ego, eso es todo lo que tienes que hacer”.
Curiosas y a la par inentendibles formulaciones expresadas con la manifiesta intencionalidad de confundir.
¿Confundir a quién?
Al Ego, ¡por supuesto!
Continuando con este farragoso juego de preguntas y respuestas, podemos inquirir ahora si el Ego de los maestros es distinto al de sus pretendidos discípulos y, también, si tal cosa puede ser posible, cuando habíamos afirmado que el Yo es un simple sentir que adviene de un ámbito desconocido, que no es el cerebro y, como lo señalan esos mismos sabios, es igual en todos los hombres.
De tal suerte, comenzamos a barruntar que, aparte de la percepción de estar vivo, “alrededor de ella”, por así decirlo, se va conformando una suerte de entretejido informático producido por la educación, por todas las conceptualizaciones que le confiere el medio social y ambiental, que provoca “agregados” a la reverberación energética con la que el hombre ha venido a esta existencia. Estos “agregados”
conforman la llamada personalidad, el carácter, el modo particular de relacionarse, de darle significación al mundo con todos sus contenidos. Pero por convención, o tal vez por mero desconocimiento de su verdadera naturaleza, a esta personalidad también se la llama Ego. Aunque ahora se trate de la simplísima sensación (de Yo) acompañada de una sobrecarga de pensamientos y emociones, una historia personal que no ingresó a esta tierra con el Ego primitivo sino que se le fue adhiriendo como una segunda piel.
De allí en más, el individuo no solo se reconocerá por una innata sensación de “Yo aquí, ahora mismo” sino por su modo particular de ser, conformado por un continente repleto de ideas y emociones que responden a lo recibido “desde afuera de él” como programas cognitivos implantados artificialmente en su interior a través de sus sentidos. La memoria mantiene esta sicigia en su lugar, la reproduce a lo largo del tiempo haciéndole creer que posee una personalidad formada, adulta, inteligente y coherente y que esta es él mismo, repitiendo siempre y en todas partes, yo, yo, yo...
Ahora sí podemos afirmar que lo que debe ser retirado en el hombre es esa suerte de segunda piel, de disfraz, que genuinamente no le pertenece ya que se lo ha puesto el mundo. Ahora sí puede ser comprendida la aserción del Sheij Sufi acerca de lo superfluo del Ego. O la del maestro que se refería a la nadidad como un vaciamiento de todos los programas agregados al Yo.
Pues en ambos casos no se le está pidiendo a la criatura que se despoje del Ego Verdadero sino del falso que está ahogando la sensación impoluta de Ser.
Pero antes de adentrarnos en esta ímproba tarea de desasimiento, debemos volver al profundo misterio del YO REAL.
Una muy antigua y bella Tradición relata que el Dios Incognoscible creó desde más allá de Su Creación al Primer Ser, la Inteligencia Primera y la designó como único representante de Él mismo. Desde el Vacío de La Nada, el Dios creador jamás podría ser conocido. De este modo, marcado por un Destino ineluctable, el Primer Ser nació poseído por una nostalgia insondable de saberse creado por un Dios al que nunca podría ver. Y este deseo jamás satisfecho de conocer a su Padre lo desbordó de tal manera que de su excedente, que era como un derrame de ansia incontenible de unión, nació el Alma Universal. Y el Alma, que supo de inmediato que procedía por emanación de puro Amor de la Inteligencia Primera, se enamoró perdidamente de Ella.
Se supo causada y se prendó desesperadamente de su Causa.
A su vez, de este nuevo desborde de Amor, nació el Hombre.
Pero el Hombre —el Adán Primordial, génesis de todos los adanes históricos relatados por los libros sagrados— creyó ser, (por un instante de duda esencial) su propio causante, y esta duda que fue como una vacilación inherente a su propia naturaleza dual, lo separó del Alma  Universal y por resonancia del Primer Ser creado. Esta fue la fuente del pecado original, de la caída, del alejamiento del Hombre respecto de su Origen. El Ser del Hombre “cayó”, atravesando los velos del tiempo y del espacio que iba construyendo a medida que descendía, y estos velos fueron como otras tantas barreras del sueño humano donde se abismó más y más por causa de su alienación. Mas luego se rehizo, que fue como “un darse cuenta” de su primer y único error, entonces decidió retornar a su posición original, junto al Alma Universal. Y esta es la tarea a la que se encuentra abocado por siempre jamás. Para cumplirla deberá despertarse del sueño que, por ignorancia, él mismo se provocó.
El Hombre está dormido, su sueño le hace pensar que es su propio cerebro quien fabrica el Yo y esta confusión lo lleva a afirmar, sin dudarlo, que su personalidad es el Ego verdadero. Es decir que el hombre tiene plena fe en que es su propia causa. Luego, basa su creencia en una falsa fe.
La ciencia moderna que, por otra parte, es una construcción de su propio cerebro, lo convence de este error. Se halla atrapado en una especie de tautología infernal, de un sofisma intelectivo que le dice siempre lo mismo con diferentes argumentaciones.
No sabe —NO PERCIBE— que el Yo Real posee una cualidad esencialmente diferente a la máscara social con la cual ha sido revestido. El Yo, como sensación unívoca de Ser, no depende de la memoria que se despliega en el tiempo lineal. Se es Yo ahora y no un rato antes o mañana; siempre se Es en el Instante, eternamente, en cada criatura humana.
Pues, si bien El Yo Verdadero está fuera de lo espaciotemporal; subsiste sin perder su carácter de Único en la multiplicidad de la masa humana. Pero el hombre lo ignora, está ciego a su propia dignidad, subsumida en las “incontables personalidades diferentes”.
Este es el prodigio del YO, presente y oculto en lo múltiple.
Para dar comienzo a un Trabajo de Comprensión propia, es decir un entendimiento genuino, no adquirido desde lo externo, el hombre deberá desembarazarse de la subyugante impresión de que el tiempo discurre desde el pasado hacia el porvenir como un río sin retorno y apercibirse, en cambio, de la simultaneidad de los accidentes fenoménicos que ocurren (a su entender, separados los unos de los otros).
La intuición de esta unidad sin límites debe ser instantánea, como la caída de un rayo, conmocionando emocionalmente a la masa total del ser, hasta en sus fibras más íntimas.
Si el hombre se enfrenta a este misterio le será posible comenzar a rasgar los velos del sueño.
En tanto este verdadero milagro no ocurra en nosotros, debemos conformarnos con lidiar contra nuestro estado de exclusión y tratar, una y otra vez, de discernirlo, pero de una manera correcta. “Conócete a ti mismo” reza un antiquísimo adagio, tan viejo como la ciencia de Hermes, el tres veces nacido.
A propósito, señala cierta Tradición que el Universo es la exteriorización de un Dios Oculto que deseaba conocerSE y que el Hombre es el Único Ser destinado a cumplir ese Alto Cometido por encargo directo de su Señor. Y así el referido adagio se completa diciendo, que al conocerse, el Ser conocerá a su Creador.
Este conocimiento es absolutamente diferente a todo otro saber humano, pues los hombres solo están en capacidad de reconocer lo contingente, es decir los accidentes que son conocidos ahora, y si no lo son, lo serán más adelante.
El creador, al estar fuera de Su Obra, es absolutamente desconocido para sus criaturas, ahora y siempre, aun para aquellas que están más próximas a Su Umbral. Para conocerLo el hombre se debe aniquilar en el Vacío sin formas, es decir, debe perder su naturaleza humana.
Pero si esto sucede, no habrá nadie que dé testimonio, ni cosa alguna que testimoniar.
Aquí tropezamos con una idea de resolución irreductible a los parámetros usuales de razonamiento, de modo que deberemos aproximarnos a ella paulatinamente, con cautela, a guisa de no extraviarnos en el laberinto de las falsas interpretaciones.
Para ello debemos retornar, en principio, al análisis del Ego, que es lo que tenemos más a nuestro alcance ya que somos pura expresión egoica. Luego, poco a poco, “subiremos” por la escala del saber real que es una conjunción del entender con el nivel de nuestro propio ser.
Nuestro primer convencimiento debe partir del entendimiento que así como somos, la posibilidad de una comprensión verdadera es nula de toda nulidad.
¿Pero, cómo somos?
¿De qué clase de pasta está hecho el hombre cerebral, es decir aquel que no ha trabajado sobre su estado de “no saber” natural?
¿A qué se debe esa situación de velamiento, cuando el hombre supone que avanza a pasos agigantados en su tarea de descubrir los misterios de la materia, tanto a nivel estelar como subatómico?
Pues si el ser no se conoce en profundidad, ¿puede confiar con tanta tozudez en las explicaciones que se proporciona de lo que ve en su exterior?
Al menos, debería dudarlo.
La situación del que duerme es en sí misma y por sí misma, una parodia a la vez que una ilusión. Y lo es porque el hombre tiene la idea —afianzada a fuerza de repetírsela— que es una unidad autoSuficiente, capacitada para dilucidar los enigmas de la creación por medio de su inteligencia. Y no solo de todo lo creado sino de la vida y de la muerte.
No obstante, los hombres que se han indagado a fondo, sin contemplaciones por su tranquilidad psicológica, afirman todo lo contrario. El hombre carece de unidad interior y su conciencia (inteligente) se halla en un estado de autohipnosis que le hace ver la realidad al revés. Es decir, el ser sólo interpreta la realidad que dice entender, o sea que la mira superficialmente, no la aprehende y, no obstante, elabora toda clase de teorías científicas acerca de ella.
Si nos sumergimos en la interioridad del ser humano, en su mundo psíquico, invisible, lo primero que se advierte es la presencia de una legión de personajes que lo habitan sin ser percibidos. De modo que la idea de unidad se cae por el propio peso de su falsedad. Se trata de verdaderas sub personalidades con sus propios intereses que a menudo se oponen entre sí. Son entidades tornadizas, ora desean una cosa, más tarde otra, tal vez contraria a la anterior, hoy aman a alguien que, quizás, detesten mañana o los aburra sin remedio. Al no estar consciente de este estado de cosas o al tomarlas a la ligera si llega, por casualidad, a detectarlas, el hombre no advierte encontrarse en una situación cuasi permanente de contradicción interna, de mentira. Por tal causa se miente de continuo y, en consecuencia, le miente a los demás. Más adelante volveremos sobre el efecto que tiene la mentira en nuestras vidas.
Por encima de todo, en una dimensión que desconoce, el Ser Humano es una criatura viviente y subsistente que sintetiza de modo portentoso todo lo creado, o sea el universo entero con sus cosmos y leyes de mantenimiento y distribución. El Hombre es un Micro cosmos visto desde la Tierra, que espacio-temporalmente lo alberga, y un Mega cosmos contemplado desde más allá de las estrellas fijas.
Pero el hombre, debido a su precaria situación de ser “caído”, solo se reconoce como un personaje sumamente indigente, sujeto a contingencias harto azarosas —no a un Destino cargado de propósito trascendente— en cuyo desemboque final está condenado a la desaparición definitiva. Y esta sombría perspectiva lo sume, por cierto, en una angustiante incertidumbre que marca toda su existencia.

 

Ernesto Ocampo
Editorial Santiago Arcos
120 páginas
ISBN 978-987-1240-48-7