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JA slide show

Invitación

"Ven, ven quien quiera tu seas, ven
Aún si ya en nada crees, ven

Nuestro camino no es de desesperanza.

Aún si rompes tus promesas mil veces,
Vuelve, vuelve, ven."

(Mevlana Jelaluddin Rumi)

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Llenos de nosotros mismos

Bismillahir-Rahmanir-Rahim

Estaban escuchando en una mezquita la disertación de un Imam y en ese momento llegó uno que no era del lugar y se sentó entre los congregados. El Imam observó que cuando se hacía las congratulaciones y bendiciones al Profeta (BP), no hacía nada. Cuando terminó la reunión el hombre fue interpelado por el Imam que le dijo: He observado que mientras nosotros hacíamos las congratulaciones y bendiciones a nuestro santo Profeta (BP) tú no las hacías. Es cierto –le dijo. ¿Por qué? –Preguntó el Imam.

 

–Porque yo soy más grande que el Profeta –respondió. ¿Cómo? ¿Tú crees en Allah?

 

–Sí, yo creo en Allah. Pero yo soy más grande que Allah.

–Nada hay más grande que Allah. –replicó el Imam.

Yo soy nada, dijo el recién llegado.

Nada es más grande que Allah; lo que nos pasa en general, es que nosotros también creemos que somos más grandes que Allah. No por creer que seamos nada, sino porque estamos tan llenos de nosotros mismos, no hay lugar para Allah. No es necesario ser un megalómano, alguien malo, no creyente o lo que fuese, para estar lleno de uno mismo. Estamos llenos de nosotros mismos, absolutamente llenos de nosotros mismos. No cabe en nosotros nada más que nosotros. De manera que nosotros somos más grandes que Allah. Cuando decimos esto, probablemente ustedes crean –sino es así están equivocados- que esto sea algo metafórico, una forma piadosa o religiosa de llamarles la atención a ustedes y a mí mismo sobre esta cuestión. O sea, ustedes pueden llegar a imaginarse que esto que estoy diciendo es una manera religiosa, piadosa, filosófica o metafórica, de mencionar algo como esta cuestión. Sin embargo, no se trata ni de una cuestión filosófica, ni religiosa, ni piadosa. No estoy tratando de apelar a los buenos sentimientos de ustedes, para que ustedes digan: “Ah, sí bueno, la verdad que a partir de ahora yo…”. No. Estoy diciendo simple y absolutamente lo que somos nosotros, en todo momento del día y de la noche; desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, en todos los días de nuestra visa. Por más que estemos pensando en Dios. Por más que estemos leyendo el Corán. Por más que estemos rezando. Por más que estemos haciendo lo que estemos haciendo. Por más descrédito que ustedes le den a estas palabras que yo estoy diciendo: estamos llenos de nosotros mismos.

¿Qué significa “estar llenos de nosotros mismos”? Que yo, estoy lleno de “yo”. Como estoy lleno de “yo”, no cabe más nada dentro de mí. Yo, Ernesto Jerónimo Ocampo, Abd Al-Qadir Al-Yerrahi Al-Halveti, -y todas las demás denominaciones que se les ocurran a ustedes o a mi- ha ocupado todo mi corazón, todo lo que soy. No tengo lugar para ninguna otra cosa. De manera que cuando pienso en Dios, hago las oraciones, hago mis obligaciones islámicas y todo lo demás, lo hago desde el yo instalado en mí, que me llena en absoluto. Y lo hago todo desde ese yo. Yo, musulmán. Yo, creyente. Yo, lector del Corán. Yo, memorizador del hadiz. Yo, creyente en Allah. “Yo, yo, yo”.

Cada vez que digo yo, está supuestamente, Ernesto Jerónimo Ocampo detrás de ese yo. No conozco a ninguna otra persona que pueda ocupar ese lugar. Es más, si este lugar de Ernesto Jerónimo Ocampo fuese ocupado por más personas, me llevarían con un chaleco de fuerza, porque dirían que soy esquizofrénico. Ahora la palabra esquizofrénico ha caído en desuso. Creo que se llama bipolaridad o algo por el estilo. Tengo varios personajes, no sólo a Ernesto; a lo mejor soy Ernesto a la mañana, y una prostituta sagrada a la noche, etc., lo que fuese. Estaría metido en un instituto para locos. Mientras mi “yo” me ocupa y siempre es ese yo, está todo fenómeno. Todo lo que hago, lo hago desde ese yo; no tengo otra forma de hacerlo.

¿Qué dice el sufismo acerca de ese yo?

El sufismo dice que ese “yo” puede pasar por un proceso de purificación. Cuando ese “yo” ocupa todo y cree que es todo, se equivoca. Además el yo es el ego; el ego que susurra el mal, o sea el que me hace meter la pata. Pero aquí viene otra cuestión, que yo quisiese que reflexionaran: si yo estoy lleno de un “yo” piadoso, que reza todos los días, que se cree musulmán, que no se pierde ninguna oración, etc. Es tan peligroso y susurra tanto el mal, para lo que estamos hablando acá, como el otro “yo”. Porque siempre es “yo”. Los relatos de los sufis están llenos de esos ejemplos. Acá lo hemos hablado mucho, de aquel que no se perdía un salat, hasta que lo despertó shaitán.

De acuerdo a la ciencia sufi, el primer estadio de ese yo, que sería el más burdo, el más jorobado para la persona y para la sociedad, es el Nafs Al-Ammára: el ego que susurra el mal. Donde el individuo está, no solamente lleno de “yo”, sino de un mal “yo”. Un “yo” antisociable. Un “yo” que se emborracha, que toma droga, que le pega a la señora, o algo así; que hace muchas macanas sociales. Es un yo que susurra el mal, incluso puede llegar a no creer en Dios, ser un ateo empedernido, un criminal, o un empresario lleno de ambición; o un Torquemada. ¿Ustedes saben quién era Torquemada? Era un muchachito muy bueno, español él, un muchacho que pertenecía al Santo Oficio. Ése es el primer estadio del “yo”. Ese “yo” está socialmente, totalmente tapado de “yo”. Es un chico malo que hace cosas malas, para sí mismo y para la sociedad.

Después, para la ciencia del sufismo, aparece un “yo” arrepentido. Es el mismo “yo”, pero ya no se la cree tanto, se arrepintió de algunas cosas. Se da cuenta de que está haciendo algunas cosas mal y que esas cosas, lo perjudican a él y a su entorno. Empieza a ver que desde el punto de vista religioso y social, se porta mal, entonces, empieza a arrepentirse. No se emborracha más, menos, o se arrepiente, o se droga y después deja de drogarse. Es adúltero y deja de adulterar. Roba y deja de robar. Pero es un “yo” que todavía no está convencido; va y viene. Se arrepiente; cae. Se arrepiente; cae. Se arrepiente y cae.

El primero, no se arrepentía nunca de lo que hacía, estaba todo fenómeno. En este “yo” empieza el arrepentimiento. Empieza una lucha interna entre el sí y el no. ¿Lo hago o no lo hago? ¿Cometo adulterio o no cometo? ¿Fornico o no fornico? Bueno, fornico; pero cada vez me siento peor después de fornicar. Comienza una lucha interior sobre esa cuestión. Cada vez que robo, me siento peor. Cada vez que miento, me siento peor. Empieza una lucha, un roce, empieza el yihad: lucha y arrepentimiento. Viene de nuevo la lucha y después el arrepentimiento. Creo que los que estamos acá presentes, estamos en esa cuestión, en un “yo” que hace macanas, se arrepiente; y así hasta que algunas macanas, a lo mejor ya no las hacemos más.

Dice nuestra tradición, de esos pecados que no hacemos más, que nuestro arrepentimiento ha sido aceptado por Allah, y por eso no los hacemos más. No porque los hayamos reprimido, y cada vez que se vienen encima, los pisamos y los metemos adentro; no. Es porque ya no nos causa ningún placer, los aborrecemos. Incluso, llegamos a pensar: ¿Cómo es posible que yo allá llegado a hacer semejante estupidez? Me equivoqué, la verdad que ¡qué idiota que fui!, que mal tipo que fui; ya no lo puedo hacer más, ya no lo paladeo, no lo degusto, es un alimento que me cae mal. Cuando eso ya me cae mal y ya no puedo seguir repitiéndolo, Allah aceptó mi arrepentimiento. Mientras tanto, mientras Allah no aceptó mi arrepentimiento, voy y vengo. Fornico, me arrepiento. Fornico otra vez, me arrepiento; hasta que soy tan viejo que ya no fornico más. Pero hay que llegar antes que eso, sino no tiene gracia, no tiene gracia. A parte la palabra fornicación tiene también sus cosas. De eso va a hablar el Imam el sábado que viene cuando hable del matrimonio. No es tan fácil la cuestión.

Ése Nafs ha establecido un yihad, una auténtica lucha contra sus propios defectos y falencias, aspecto que tampoco es tan sencillo, porque hay un montón de falencias que vemos y otro montón que no; que no podemos ver o que estamos incapacitados de ver, no porque no queramos, sino porque no podemos. Muchas de esas falencias, se traducen en actos externos extraños que nos meten en líos, por mecanismos ocultos subconscientes que no conocemos. Pero el sufismo los conoce desde varios cientos de años, mil y pico de años. Todas las tradiciones metafísicas y religiosas los conocen. La psicología moderna los está conociendo a través de la famosa sombra de Jung; el subconsciente, el inconsciente, el ego, el super ego, etc. Entonces, en esta etapa del yihad al-akbar, la lucha grande contra nuestras deficiencias, no solamente nos enredamos en una lucha que parece un toreo en una plaza de toros, donde viene el pecado y nosotros estamos: “¡ole!” y lo dejamos pasar, “¡ole!” y lo dejamos pasar. No, no es así. Posiblemente, el caballo donde está sentado el banderillero que pone las púas desde el lomo del caballo, sea más peligroso que el propio toro que está por embestir al caballo. O sea que todos esos mecanismos están debajo del hombre y el hombre no los ve.

Eso también forma parte del yihad al-akbar y forma parte del trabajo que tenemos que hacer acá. Un trabajo dónde trataremos de ver nuestras deficiencias y nuestros errores más básicos. Aquellos que nos producen daño a nosotros y al entorno, y aquellos otros que no son tan fáciles de descubrir, pero que nos hacen hacer cosas extrañas. Comportamientos raros, compulsiones muy extrañas, ataques de ira, de celos, de violencia; inexplicables o explicables, celos, hipocresía y montones de cosas que no sirve solamente con decir “lo tengo” sino que habría que ver por qué lo tengo.

Después, viene otro Nafs más que es más sutil todavía, es al que se llama “inspirado”; es el más peligroso de los tres. La persona que está transitando por ese Nafs, ya no es un absoluto ignorante como era el que estaba en el Nafs Al-Ammára, que no sabía una pepa de nada, no sabía nada acerca del mundo, de sí mismo, ni de nada. El Nafs inspirado es el de alguien que sabe ya bastante de sí mismo, bastante acerca del camino y de este trabajo. Puede tener revelaciones que le vienen de los mundo sutiles, pero como todavía está siendo ocupado por su “yo”, ese hombre o mujer dice: –Yo tuve una revelación. –Yo soy el elegido. “Yo”. ¿Me entienden?, cuando está el “yo”, está la mentira. Por eso es que hay tantos hombres muy sabios que se quedan en ese Nafs inspirado y se pierden, porque creen que son ellos los que lo generan. Se infatúan, se ponen mal, empiezan a hacer daño y a querer dirigir. Empiezan a creer que saben más que los demás por mérito propio, que Allah los eligió porque ellos son, no sé, la sal de la tierra, la frutilla de la torta, son Abdal, son el primero de los cuatro y último de los siete, forman parte del gobierno invisible del mundo, o muchas cosas más. Son los grandes sheijs, los sheijs de capa y sombrero, que saben una barbaridad; eso le puede tocar a cualquiera. Bueno, en ese caso ellos están en un paso más adelante del Nafs arrepentido, pero en una etapa muy peligrosa, donde tienen la absoluta necesidad de tener un sheij que los guíe. Una de las características de esa etapa es que la persona cree que ya no necesita sheij: –Yo ya no necesito a nadie. Yo ya me la se –Yo las se todas, no necesito a nadie que me guíe. –Yo ya no necesito más de mi sheij. No hay una mano por encima de mio. O sea, ya está, ya la tengo cocinada, ya me la se, ya se mucho, se más que el sheij; entonces, para qué necesito un guía, no necesito ninguna guía.

Es la etapa más peligrosa de las tres, esa persona ya no tiene el beneficio de la ignorancia, por que el Nafs Al-Ammára es muy ignorante, no sabe nada; y el Nafs arrepentido está ahí. Pero el otro ya sabe cosas, no tiene el beneficio de la ignorancia. Esto que yo estoy diciendo ya lo debe saber, lo debería saber, pero como evidentemente, cuando queda atrapado por ese ego lo vela, no se da cuenta y no lo sabe, no tiene dudas, ya cree que sabe, ya cree que no necesita guía, cree que ya está, que ya está hecha la cosa.

Finalmente llegamos al cuarto Nafs, en el cuarto Nafs, Allah toca el mundo con tus manos, ve el mundo con tus ojos, camina el mundo con tus pies, no hay nadie dentro de ti, está Allah. Allah, está más cerca tuyo que tu propia vena yugular, no hay “yo”, está totalmente sosegado, anulado, se ha convertido en un siervo de Allah, un siervo hace la voluntad de su Señor; no su propia voluntad. No tiene más voluntad, es un cadáver en las manos de Allah, que lo lleva para aquí, lo lleva para allá. Allah lo pone aquí, Allah lo lleva para acá, y está tranquilo. No tiene más qué buscar, ni qué decir, ni qué hacer, ni nada. Se ha vaciado de sí mismo y en su lugar está otra cosa. Ese hombre o mujer puede hacer milagros, pero no los hace él. En el Nafs inspirado puede haber milagros, pero están ensuciados por el Nafs que está en el medio, mientras que en el cuarto Nafs, el milagro es un milagro de Allah.

Así como hay cuatro Nafs, hay cuatro mundos. El mundo del nafs que aconseja el error, es totalmente diferente al mundo del nafs arrepentido, y es diferente al mundo del nafs inspirado y es diferente al mundo del nafs sosegado.

Externamente estamos todos en el mismo mundo, pero dentro de este mundo hay otros mundos que nosotros no vemos. Nada más que apelando a lo que sabe la ciencia, en este momento con nosotros están conviviendo un montón de cosas, aquí en este ámbito y nosotros ni nos enteramos: sonidos, olores, colores; no estamos preparados para eso. Pero dejando de lado esto, que es una realidad, el mundo del ser humano que está en el Nafs Al-Ammára, tiene otros códigos, otros significados, es otra cosa. Está con nosotros, pero es como si no estuviera, está hombro con hombro con nosotros, pero él está en su mundo y yo estoy en mi mundo; suponiendo que yo esté junto con él en el Nafs Al-Ammára; es otra cosa. El que está en el nafs sosegado está en otro mundo, está en el paraíso, él está en el paraíso con su Señor, es su Señor, no tiene nada que ver con nosotros, nos ve igual, lo vemos igual, hablamos con él, nos hablará, etc., pero está en otro mundo.

Nosotros no tenemos ninguna posibilidad de conectarnos con él, él sí se puede conectar con nosotros, pero nosotros no lo vamos a entender jamás, no lo podemos entender.

Nosotros estamos en otro mundo, es otra cosa, leemos el mismo Corán, el hombre que está en el cuarto Nafs está leyendo otra cosa distinta a nosotros, y cuando él dice “Bismillahir-Rahmanir-Rahim, Alhamdulillahi Rabbil alamin ar-Rahmanir-Rahim”, nosotros entendemos una cosa y él entiende otra cosa, totalmente diferente a la que nosotros entendemos. Son las mismas palabras, el mismo árabe; es lo mismo y no es lo mismo.

Son cuatro mundos diferentes, porque son cuatro cuerpos diferentes, el hombre no tiene un solo cuerpo, lo queramos saber o no lo queramos saber, nos interese el tema, no nos interese, nos guste o nos disguste. El hombre tiene un cuerpo mineral, expresado en el rezo cuando apoyamos la frente en el suelo; un cuerpo vegetal, que es cuando nos apoyamos sobre los talones; un cuerpo animal, que es cuando nos ponemos paralelos al suelo con el cuerpo; y un cuerpo humano que es cuando nos ponemos de pie.

El salat expresa esos cuatro cuerpos, eso lo dijo Tosun Baba, lo hemos leído, pero es real, no es simbólico. El ser humano tiene un cuerpo mineral, tiene un cuerpo vegetal, tiene un cuerpo animal y tiene un cuerpo humano; y todo está dentro de este cuerpo.

Este cuerpito humano así como está, es el Nafs Al-Ammára. Está lleno de yo y no cabe otra cosa. Puedo ser un buen tipo, puedo ser un buen padre, un buen hermano, un buen jefe, puedo ser un buen empleado, puedo ser un tipo excelente. Pero todo lo hago desde mi: – Yo soy un buen empleado. –Yo soy un buen amigo. –Yo soy un buen esposo. –Yo soy un buen padre. “Yo, yo, yo”, no cabe otra cosa. Ustedes me dirán ¿qué otra cosa se puede decir? Y les digo que no se puede decir otra cosa, estamos en ese estado, en ese mundo. ¿Qué otra cosa se puede decir?, nada. A lo sumo, lo que podremos decir de esto, es que lo reconocemos. Es cierto, yo siempre hablo desde el “yo” mío, no conozco otra cosa. Es más, si alguien me dice algo o se me producen ideas extrañas me asusto. Es más, el miedo a la muerte viene de tener un terror terrible a perder ese “yo”. Cuando no tenga más ese “yo” ¿qué voy a tener?; un miedo terrible.

Entonces, todo viene del “yo”. Los sufis que son gente muy capaz, muy inteligente y muy sabios, han dicho: “Bueno, como el ser humano lo único que conoce es el “yo” empecemos a trabajar sobre ese yo”. Porque aparte este trabajo no se puede hacer si no es desde ese “yo”. Sino, ¿desde dónde lo vamos a hacer?; tenemos que empezar por ese “yo”. Pero extrañamente, cuando empezamos un trabajo de esta naturaleza, vamos a un lugar y dejamos que nos guíen. No es el Nafs Al-Ammára el que está actuando, es otra cosa, o sea que ahí se ha producido “algo”, o algo nos trajo que no es él. El Nafs Al-Ammára no vendría aquí, ni que lo trajeran a patadas, no lo admite. El Nafs Al-Ammára no admite un lugar como este, es imposible. Yo conozco gente excelente, mucho mejores que ustedes y que yo mismo, pero no vendrían, les parece que es una soberana estupidez, no reconocen otra cosa que no sea “yo”, y están conformes con eso. Entonces, el que viene a estos lugares, no a este lugar en especial, a cualquier lugar donde se esté buscando otra cosa, donde se esté hablando de estas cosas, no es el Nafs Al-Ammára el que lo trajo; es algo diferente. Aunque después haya que trabajar desde él, pero conectándonos con algo que está por encima del Nafs Al-Ammára, o más profundo, que fue lo nos hizo venir acá. Entonces, voy a conectarme con ese otro desconocido que no es “yo” y vamos a empezar a dialogar, y le voy a decir: “Yo soy amigo de tu amigo y enemigo de tu enemigo”. Y tu enemigo es tu nafs.

El que ha llegado al Nafs sosegado está en el Paraíso.

Pero nosotros estamos en la etapa del “Yihad al Akbar” y bueno, que Allah nos ayude.

 

Assalamu alaykum

 

Sohbet pronunciado por el Sheij Abdel Qader Al Halvetti Al Yerrahi en el Dergah de Buenos Aires, Argentina, el dia 10 de Febrero de 2007.